No se qué fue primero si él o yo. En su caso, siempre fue independiente, agudo e intrépido. En mi caso, conservador, midiendo todos los pasos. Sin embargo, me generé a partir de él, a través de un largo proceso de intercambios, como resultado de otra extensa cadena de decisiones. Bien o mal tomadas, fueron firmes, nunca a medias. Dónde vivir, qué hacer, qué amigos y amigas tener. Cómo equilibrar, o desequilibrar. ¿Quién tomó las decisiones, él o yo?.
Las tomé yo. Sin escucharle lo más mínimo. Y él nunca paró de hablar, aun desde lejos. En los momentos de soledad aparecía, tímidamente al principio, luego con ferocidad, hasta apoderarse, haciéndome olvidar todas las decisiones.
No todas son conscientes. De lo contrario, es posible que la reproducción humana se congelara para siempre. Esa inconsciencia es en realidad hermosa. Permite que una persona se ramifique en innumerables sendas, tantas como pueda percibir, y al mismo tiempo, permite que se aleje de su centro, tanto como pueda resistir. Pero ese epicentro es una masa grande y genuina, y su es atracción es permanente. Nunca se apaga, eso sí, permite discontinuidades. Son esas alternancias las que aprovechamos para abrirnos, para florecer, incluso ampliando los mecanismos que nos permiten sentir. Somos capaces de querer lo que se supone que no se puede querer. Capaces de hinchar esa nube donde está lo que amamos hasta límites que nadie puede concebir. Y gracias a las decisiones inconscientes, que alimentan parte de la grandeza humana.
No obstante, el universo es cambiante. Y de la misma forma que nuestro centro atrae más o menos de forma cíclica, las fuerzas que nos llevaron a ramificarnos también fluctúan. Y cuando una mira arriba y a otra abajo, entonces caemos y somos abrazados por el centro. El núcleo caliente, la matriz fuera de la madre.
La caída no está exenta de complicaciones. Principalmente dudas. En el centro está él, y cuando nos aproximamos el ambiente se carga y todo es extraño. Raro pero familiar. Su agudeza nos perturba. Su independencia nos asombra. Es el centro.
Por fortuna, un breve roce es suficiente para enderezar el timón. Él toma el rumbo y el juego comienza de nuevo.