lunes, 6 de diciembre de 2010

gente rara que enamora


Lo mejor de la vida del expatriado es la gente que conoce. A mí me gusta particularmente la variedad de orígenes, y de creencias. Por ejemplo, hace unos días tomaba café apaciblemente en un café de Polanco, una colonia o barrio de tradición judía del Distrito Federal que ahora es simplemente multicultural. En este establecimiento sirven el mejor café de la zona, y además cuenta con mesas en la calle que permiten tomar el sol. En consecuencia, el lugar es frecuentado por toda clase de personajes que buscan un momento estimulante y plácido al mismo tiempo. De entre estas personas emergen algunas lindas y luminosas, como un señor grande y afable que aparca su moto a pocos metros del café. De aproximadamente cincuenta años, saluda en cualquier idioma con fuerza. Y comienza a hablar. En mi caso, me gusta elegir temáticas de café de tipo global, especialmente las dirigidas a arreglar el mundo. Conversaciones que nos llevan a la filosofía, la historia, el medio ambiente, lo paranormal y la guerra. Mi amigo es tan robusto como sus razonamientos, y le gusta poner las cartas sobre la mesa desde el primer momento. Es judío y masón, eso me lo dijo el primer día. Contar esto era como un prerrequisito para continuar hablando. Y me ha ayudado a desmotar algunos falsos mitos que cargaba, como que los judíos son como demonios para los masones. Al tiempo que desgranamos la actualidad mundial, criticamos a los gringos e imaginamos el mundo con clima cambiado. Sin darnos cuenta, mostramos un pedazo de nosotros que enriquece a los otros, en un espacio abierto y común. Adictos a la cafeína y el divagar, gracias por existir.

viernes, 19 de noviembre de 2010

recuerdos con raíces

 
Camino solo, en medio del bosque tropical. Estoy tranquilo y me siento bien, a ratos tanto que el corazón me da un vuelco. Una iguana me observa creyendo que no la veo, pero su verde, tan intenso, se distingue fácilmente.
Mis pasos son seguros pero al mismo tiempo impredecibles. En cualquier momento puedo parar o caminar hacia la playa, donde me espera más vida. O bien, puedo salirme un poco del camino y llegar a la zona inundada del manglar. Dos opciones, ambas buenas, me hacen sentir bien.
Y en medio de todo, en un rayo del sol que atraviesa la copa de los árboles, en un coco enraizado, en cualquier lugar, aparecen recuerdos, historias recurrentes. Son imágenes de aquello que queremos, y nos acompañan hasta los rincones más remotos, esperando un pretexto para recordarnos que una parte importante de nuestro viaje es volver.

miércoles, 27 de octubre de 2010

encuentros con el centro


No se qué fue primero si él o yo. En su caso, siempre fue independiente, agudo e intrépido. En mi caso, conservador, midiendo todos los pasos. Sin embargo, me generé a partir de él, a través de un largo proceso de intercambios, como resultado de otra extensa cadena de decisiones. Bien o mal tomadas, fueron firmes, nunca a medias. Dónde vivir, qué hacer, qué amigos y amigas tener. Cómo equilibrar, o desequilibrar. ¿Quién tomó las decisiones, él o yo?.

Las tomé yo. Sin escucharle lo más mínimo. Y él nunca paró de hablar, aun desde lejos. En los momentos de soledad aparecía, tímidamente al principio, luego con ferocidad, hasta apoderarse, haciéndome olvidar todas las decisiones.

No todas son conscientes. De lo contrario, es posible que la reproducción humana se congelara para siempre. Esa inconsciencia es en realidad hermosa. Permite que una persona se ramifique en innumerables sendas, tantas como pueda percibir, y al mismo tiempo, permite que se aleje de su centro, tanto como pueda resistir. Pero ese epicentro es una masa grande y genuina, y su es atracción es permanente. Nunca se apaga, eso sí, permite discontinuidades. Son esas alternancias las que aprovechamos para abrirnos, para florecer, incluso ampliando los mecanismos que nos permiten sentir. Somos capaces de querer lo que se supone que no se puede querer. Capaces de hinchar esa nube donde está lo que amamos hasta límites que nadie puede concebir. Y gracias a las decisiones inconscientes, que alimentan parte de la grandeza humana.

No obstante, el universo es cambiante. Y de la misma forma que nuestro centro atrae más o menos de forma cíclica, las fuerzas que nos llevaron a ramificarnos también fluctúan. Y cuando una mira arriba y a otra abajo, entonces caemos y somos abrazados por el centro. El núcleo caliente, la matriz fuera de la madre.

La caída no está exenta de complicaciones. Principalmente dudas. En el centro está él, y cuando nos aproximamos el ambiente se carga y todo es extraño. Raro pero familiar. Su agudeza nos perturba. Su independencia nos asombra. Es el centro.

Por fortuna, un breve roce es suficiente para enderezar el timón. Él toma el rumbo y el juego comienza de nuevo.