Lo mejor de la vida del expatriado es la gente que conoce. A mí me gusta particularmente la variedad de orígenes, y de creencias. Por ejemplo, hace unos días tomaba café apaciblemente en un café de Polanco, una colonia o barrio de tradición judía del Distrito Federal que ahora es simplemente multicultural. En este establecimiento sirven el mejor café de la zona, y además cuenta con mesas en la calle que permiten tomar el sol. En consecuencia, el lugar es frecuentado por toda clase de personajes que buscan un momento estimulante y plácido al mismo tiempo. De entre estas personas emergen algunas lindas y luminosas, como un señor grande y afable que aparca su moto a pocos metros del café. De aproximadamente cincuenta años, saluda en cualquier idioma con fuerza. Y comienza a hablar. En mi caso, me gusta elegir temáticas de café de tipo global, especialmente las dirigidas a arreglar el mundo. Conversaciones que nos llevan a la filosofía, la historia, el medio ambiente, lo paranormal y la guerra. Mi amigo es tan robusto como sus razonamientos, y le gusta poner las cartas sobre la mesa desde el primer momento. Es judío y masón, eso me lo dijo el primer día. Contar esto era como un prerrequisito para continuar hablando. Y me ha ayudado a desmotar algunos falsos mitos que cargaba, como que los judíos son como demonios para los masones. Al tiempo que desgranamos la actualidad mundial, criticamos a los gringos e imaginamos el mundo con clima cambiado. Sin darnos cuenta, mostramos un pedazo de nosotros que enriquece a los otros, en un espacio abierto y común. Adictos a la cafeína y el divagar, gracias por existir.
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